Paola Robles Duarte

@paoanger

Es legal o clandestino

Tal vez el jueves me despierte y el día sea menos frío, aunque tal vez esté nublado o tal vez garúe. Probablemente suba corriendo al auto para no llegar tarde al colegio de los chicos, tal vez revise mi bolso para encontrar los auriculares y no los encuentre. Lo que puede pasar, lo que puede ser diferente a otros tantos jueves, es el hecho maravilloso de que se haya puesto sobre la mesa la verdadera magnitud de mis derechos, de los de mi hija, de los de mi nieta, de los de mis sobrinas y de los de todas esas mujeres que podrían vivir para soñar nuevos sueños.

Porque el Congreso de la Nación no debate el sí o el no al aborto. Lo que está en discusión es si el aborto será una práctica legalizada, segura y gratuita, o si continuará cobrándose vidas de mujeres en la clandestinidad. Si fuéramos capaces como sociedad de poner nuestra atención en que el aborto clandestino es la mayor causa de mortalidad de madres gestantes en la Argentina, no la deliraríamos con improbables que solo constituyen ejercicios retóricos de lo que podría ser pero no es porque no ha sido. La muerte de mujeres por abortos clandestinos sí es. Y ni el Estado, ni aquellas instituciones que dicen querer defender las dos vidas, han hecho nada para que esto cambie.

Pero vale la pena decir, que más allá de cualquier resultado, ya todo cambió en la Argentina. Porque este debate que intentaron sepultar tanto gobiernos progresistas como conservadores, estalló en la calle y llegó al Congreso.

Leí de todo por estos días. Cosas ridículas como: "No quiero pagar con mis impuestos el aborto de nadie". Lo cual es como decir: "Yo no quiero pagar tu tratamiento para la diabetes, ni para tu alcoholismo, ni tu quimioterapia, es tuya, pudiste tomar mejores decisiones con tu salud y con tu cuerpo". Sería ridículo y peligrosamente retrógrado plantearlo en estos términos. Porque estamos hablando de Salud Pública, de derechos adquiridos, de derechos que redundarán en mejor calidad de vida para el conjunto de la sociedad. Entonces se supone que deberíamos estar a la altura de las circunstancias, alegrarnos por el debate colectivo.

Pero el reduccionismo al que se ha pretendido condenar este proyecto es el manotazo de ahogado de esos sectores que le temen al verdadero cambio, que traman en nombre de dios, la vida, la patria y todos esos conceptos enormemente abstractos que nos impiden pensar en los rostros y en los cuerpos de las mujeres que perdemos por el aborto clandestino.

Como siempre es un error generalizar, también creo que existen quienes no están de acuerdo con la legalización del aborto respondiendo a diferentes sistemas de creencias que definen como "morales, éticas" o incluso "científicas", y que, honestamente creen, en esto de salvar las dos vidas. A ellos solo puedo decirles: No aborten. La ley no los obliga. Así como no promueve, por ejemplo, el aborto en casos de discapacidad. Una mujer gestante de un niño con Síndrome de Down que hoy en día elige parir a su niño, con la ley también podrá elegirlo. La ley no obliga a abortar a nadie, plantea salvar la vida de la mujer que abortará de todas maneras y que corre graves riesgos de morirse en la clandestinidad.

Ningún médico, ni funcionario, ni persona ajena a mi cuerpo debería poder de decirme que hacer con el. Es sentido común. Es el siglo XXI.

Yo no aborté. Yo elegí parir a mis hijos. Pero mi criterio o subjetividad no puede ser el fundamento que impida a otras mujeres abortar, ya sea por desesperación, por necesidad o por convicción. No puede ser mi experiencia personal, la cual es intransferible, el argumento que impulse a una mujer que desconozco a parir un hijo que no quiere parir. La legalización del aborto no es una invitación a abortar. Pero eso ya lo sabemos, porque se han dicho aberraciones similares ante la irrupción de otros paradigmas como el divorcio o el matrimonio igualitario, y nadie fue obligado a contraer casamiento con una persona de su mismo sexo si no quiso hacerlo, como tampoco nadie se divorció siendo obligado por la ley. Estamos hablando de una oportunidad, no de una imposición.

¿Qué es lo que la sociedad no le perdona a la mujer que aborta? Le perdona que se muera, porque en definitiva, lo que reside en el fondo es que de alguna manera "se lo buscó" ya sea por sus "malas decisiones" anteriores o por no tener "la fortaleza" de continuar con ese embarazo.. Pero, ¿qué más hay? ¿qué no le perdonamos? Creo que no le perdonamos que elija y peor aún: que se difunda que eligió. Aún cuando llegó ahí porque no supo como evitar esa situación o porque cometió un error, lo que no se perdona es que decida sobre su cuerpo. Y es fuerte la presión que existe en este punto, porque realmente vivimos bajo la consigna de lo que debemos hacer. Y ver a otras mujeres hacer lo contrario a lo que deben hacer, es perturbador. Es tan clarificador que duele.

Sinceramente creo que cuando rascamos la olla, eso es todo lo que queda: el miedo y la broca que produce la libertad ejercida por otros que me obligan a mirarme y preguntarme dónde puse yo mi libertad.

¿Parí a mi hijo porque lo decidí o porque la idea de que me realizaría como mujer si me proyectaba a través de otra vida me comió el coco desde que me conozco en el mundo? ¿Parí a mi hijo porque es mi único proyecto ante la ausencia de proyecto o porque es lo que elijo? ¿Porqué parí a mi hijo? ¿Cuantas de nosotras nos preguntamos eso antes de señalar a otra mujer que decidió no parir?

Todas conocemos a alguien. Todas tenemos una amiga que no toma pastillas porque el novio le dijo que engordan, o que no usa preservativo total es una pareja de hace tiempo, que dejó de estudiar porque no tiene quien la ayude a cuidar a los chicos, y así podemos estar todo el día conjugando ejemplos -incluso- más aberrantes que implican violaciones en sus múltiples variantes. Nuestra vida está llena de mujeres así. Pero pareciera que solo celebramos en otras lo que puede representarles un castigo, y no les preguntamos. Las llamamos valientes, nos mentimos y les mentimos. Porque pariendo hijos no deseados conservan el statu quo en el que aceptamos vivir todos los días, porque cambiar el mundo es agotador. Pero hay que cambiarlo y hay que ayudar a nuestros hijos deseados y amados a que tengan herramientas para seguir transformándolo.

Yo no aborté antes y no voy a abortar ahora porque se sancione una ley. Pero sé que esa ley va a encender la luz para muchas mujeres, sumergidas en la soledad y en la clandestinidad. Esa ley me dará la certeza de que mi hija, o mi nieta o mis sobrinas, o mi vecina, no van a morir desangradas en una tabla si deciden interrumpir un embarazo por la razón que sea. Es la certeza de que va a haber un Estado dando respuestas, aunque no haya nadie más cerca. Sé que esas mujeres no son asesinas, sé que la moral es una vara corta para algunos y una muy extensa para otras cosas. Sé que se dicen muchas mentiras en nombre del amor y la vida, pero que no dejan de ser mentiras.

Porque sé que hoy en la Argentina, las mujeres que deciden practicarse un aborto y no pueden pagarle a un profesional, se mueren. Esto es lo que puede cambiar a partir de esta ley. No se promueve el aborto, se pone en debate cuales son las condiciones actuales para que no se mueran las pobres, las desahuciadas, las que no tienen proyecto, ni futuro, ni voz, las que no importan casi nunca en la inmensa mayoría de los perfiles de Facebook que hoy abogan por "las dos vidas".

"Es una ley para descartar vidas" ¿En serio? ¿Realmente se necesita una ley para eso? "Es la pena de muerte a inocentes" ¿En serio? ¿Y culpables de qué son las mujeres que mueren por abortos clandestinos? ¿De no querer, poder, desear, "no saber cómo no ser" madres? Esa es una falsa antagonía. Nadie va alegremente a practicarse un aborto. La pregunta que debemos hacernos es como llegó esa mujer a esa situación, y las respuestas nos sorprenderían.

Después vendrán otros debates que nos tomarán de las manos para quitarnos del oscurantismo y de las mieles de las religiones que hace cientos de miles de años contribuyen a un mundo cada vez más desigual y roto. Nos enojaremos con los pibes que construyen otro lenguaje, en voz alta, incomodando a quienes nos sentimos dueños de las palabras, y pasarán a ser importantes otras cosas. Pero sean cuales sean los debates que vengan, espero que sea en un país que promueva el ejercicio de la libertad en vez de abrazarnos a la imposición.

Los legisladores tienen por delante una gran oportunidad: que el aborto deje de ser clandestino para que esa mujer que llega manifestando su voluntad de interrumpir el embarazo se vaya del hospital contenida, respetada en su deseo y con un método anticonceptivo efectivo, haciendo escuela del ejercicio de la libertad, para que en una charla con una vecina o con una compañera de la facultad cuente su experiencia desde un lugar donde sólo habite la culpa y la vergüenza, sino desde el aporte a la construcción de una conciencia colectiva nueva.

Ninguna de las que empuñamos el pañuelo verde somos asesinas de bebés, ni planteamos al aborto como un método anticonceptivo. Decir semejante burrada solo habla de quien la dice. Hace muchos años la consigna educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir viene creciendo: fue charquito indefenso, fue un río correntoso y hoy es una marea que llegó al Congreso de la Nación para poner en el centro del debate político esta realidad.

No voy a amenazar a los diputados ni a los senadores con quitarles mi voto, porque la mayoría de ellos nunca lo tuvieron y probablemente nunca lo tendrán. No voy a sumarme a la cacería de brujas, no voy a querer menos a los amigos que piensan diferente en relación a este u otros temas.

Solo voy a decirles a los que legislan arrogándose la facultad de representarme, que lo único que pretendo de ellos es que prescindan de sus mambos sin resolver, de sus creencias religiosas, de sus dilemas morales: les pido que voten una herramienta en materia de Salud Pública. Les pido que terminen con el aborto clandestino y la muerte de mujeres gestantes por la omisión del Estado.

Tal vez el jueves me despierte y el día sea menos frío, aunque tal vez esté nublado o tal vez garúe. Probablemente suba corriendo al auto para no llegar tarde al colegio de los chicos, tal vez revise mi bolso para encontrar los auriculares y no los encuentre. Lo que puede pasar, lo que puede ser diferente a otros tantos jueves, es el hecho maravilloso de que se haya puesto sobre la mesa la verdadera magnitud de mis derechos, de los de mi hija, de los de mi nieta, de los de mis sobrinas y de los de todas esas mujeres que podrían vivir para soñar nuevos sueños.



(*) Paola Robles Duarte es periodista

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