Néstor Belini

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El huevo de la serpiente

Hace dos décadas se producía un estallido social, institucional y político, motivado por una formidable encerrona económica que ahogó las posibilidades de subsistencia de los sectores populares. Aquellos hechos, ese contexto, merece ser abordado en clave presente.

El lector encontrará en estas líneas una serie de pensamientos a primera vista dispersos, aparentemente sin conexión; y con muchas verdades de Perogrullo.

La primera de éstas es que las cifras redondas invitan a la conmemoración, re significan de un modo especial los aniversarios. Parecería que las cifras impares pierden relevancia al momento del recuerdo.

Este año se cumplen 20 años del estallido del sistema político nacional, que al calor de las políticas neoliberales hizo añicos los sueños y la realidad de millones de argentinos. Aquellas políticas sociales y económicas derivaron en las jornadas de mediados y fines de diciembre de 2001. El hartazgo respecto a aquellas decisiones políticas-económicas se sintetizó en una frase insustancial: “Que se vayan todos”.

Saldo
Un informe del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) titulado Protestas y represión en diciembre, elaborado a partir del documento ‘La protesta social en Argentina durante diciembre del 2001, precisa que “en un contexto de profundo retraimiento económico e inequidad social se produjeron en todo el territorio encendidas manifestaciones de protesta. Contra ellas, el Estado desplegó una fuerte represión que incluyó la declaración de estado de sitio en toda la Nación. Alrededor de treinta personas murieron y otras 4500 fueron detenidas.

Durante el conflicto, muchos comercios fueron saqueados, un gran número de ellos por grupos de personas provenientes de sectores relegados, y se produjeron destrozos en un clima violento que el Estado no pudo contener”. Entre Ríos tiene el ignominioso saldo de tres víctimas fatales: dos niñas y un joven. Tres inocentes.

20 años ¿no es nada?
Veinte años pasaron de aquella manifestación del hartazgo ante el saqueo ilimitado de los recursos acumulados en el Estado por generaciones de argentinos y la consecuente sumisión de las mayorías a condiciones de vida indignas. Otra verdad de Perogrullo es que la Política es la única herramienta que tienen las mayorías para poder acceder a la condición de ciudadano, de sujeto comprendido en un concepto en desuso: El Pueblo. La complejidad de la dinámica política argentina -y Latinoamericana-permitiría pensar que la situación no cambió en dos décadas, pero también permite cavilar que no se trata de más de lo mismo.

Si algo se modificó en 20 años es la participación del Poder Judicial en el ámbito político. No significa que antes de 2001 -y después también- no lo hiciera. Basta recordar la Corte Suprema de Justicia de la Nación en los años en que Carlos Menem fue presidente. Lo que sucedía es que era menos evidente su inmersión en los asuntos políticos.

También cambió la modalidad. Ahora, como en otros países de América del Sur, los sectores más conservadores y con mayor influencia dentro del Poder Judicial son parte activa de los denominados golpes blandos en contra de gobiernos populares, a los que peyorativamente se denomina populistas.

En sentido contrario, si algo destacó los años posteriores al estallido de 2001 fue que la Política retomó la centralidad en el ordenamiento de una sociedad desquiciada a golpes económicos. Como se dice coloquialmente: se puso a los caballos delante del carro. Fueron años en los que la Política decidía la economía, y no a la inversa. El lawfare o guerra judicial apunta a revivir las épocas en las que la economía decidía los destinos de la política. El carro por delante de los caballos.

Representaciones
En momentos propicios para la conmemoración, la verdad de Perogrullo del comienzo de estas líneas, se impone pensar el estado de situación. Cabe reflexionar si aquella frase insustancial, “que se vayan todos”, no halló en la cambiante preferencia electoral de los argentinos una manera peculiar de manifestarse. Cabe repensar si la sociedad se siente representada por quienes elige para que lleven adelante los destinos colectivos.

En Entre Ríos no se ha presentado en al menos una década un proyecto de ley que genere, como mínimo, polémica, que obligue a los legisladores a dar cuenta de cara a la sociedad de los argumentos que tendrían para sostener, oponerse o enriquecer una nueva ley.

En Entre Ríos, un legislador electo por el Frente de Todos decide quedarse en el cargo institucional que venía ejerciendo hasta antes de la elección. Un ex gobernador justicialista, ahora claramente en la vereda de enfrente, reflexiona que aquella decisión es una “burla a la democracia”. En Ciudad Autónoma de Buenos Aires, un legislador electo por Juntos por el Cambio sostuvo en una entrevista que fue a la jura como legislador en remera porque era una forma de desacralizar la figura legislativa. Una manera de terminar con el status -actualmente devaluado, por cierto- de “señor diputado” o “señor senador”.

Burla
Aquellas opiniones, todas válidas, admiten otras interpretaciones. Ésta es una. La burla a la democracia es asumir una representación colectiva a través del voto de las mayorías y llevar adelante políticas que van en contra de los intereses de quienes los votaron. La burla reside en que los eligieron precisamente porque les prometieron, eso es una plataforma política, que en el ejercicio del gobierno iba a impulsar determinadas políticas sociales y económicas. Defraudar aquel contrato es la verdadera burla.

Huevo
La preferencia por parte del electorado por propuestas de claro perfil elitista, violento y excluyente también es un dato que dejó el devenir de la política en estas dos décadas. También denota un cambio respecto de aquellas jornadas, en las que la posterior recuperación se logró por la intervención del Estado.

Ahora, con el sistema democrático consolidado, nadie piensa en una salida al estilo de los golpes cívico-militares “tradicionales”. Así, los representantes de aquellas expresiones políticas decidieron “jugar” dentro de las actuales reglas del juego democrático, pero denostando las ricas tradiciones que conformaron el entramado de relaciones y decisiones que convergieron en expresiones como el Irigoyenismo, Forja, el Peronismo y las distintas expresiones de la izquierda nacional. Cada una con sus particularidades, aportaron a la consolidación del sistema institucional que los mal llamados libertarios quieren hacer estallar, pero sin perder los supuestos “privilegios” que cuestionan y de los que gozaría “la casta política”.

El huevo de la serpiente deja de ser una metáfora de la incubación de ideas autoritarias y antipopulares. Es responsabilidad de las mayorías ponerle un límite a aquellas expresiones. Aún cuando la “vieja política” parezca no dar las respuestas esperadas. En esto se juega el futuro de los argentinos.

Fuente: El Diario

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