Las magnascas estuvieron alegres este sábado sin Cholingue.

Es que ¡al fin!, tras dos interminables años, su salón principal albergó música, y (como siempre) de alto nivel.

Creo que Carmen Galissier (al menos, parecían su voz y su dicción) presentó a la orquesta típica “Oriyera”, que hace un tiempo conduce, desde el bandoneón, nuestro copoblano Ezequiel Villanueva (sí, hijo del gran Javier).

Orquesta de tres violines (Nico Argüello y las chicas Yamila Ghio y Lula Aolita), tres bandoneones (Eze, Roldán y Villar), piano (Guille Pastorino), Guitarra (Agus Urbicain) y bajo (Javi Arteaga). Para los cantables, Nelson Ibarra.

La orquesta arrancó con una tempestuosa interpretación de Melancólico, la gran creación de Julián Plaza, que él mismo instrumentara para Troilo; y así pasaron temas, en su mayoría de los años '40 a '60. Me gustaron mucho las versiones del vals El aeroplano, la maravillosa milonga Nocturna, de Julián Plaza. Y la arrasadora versión pugliesiana de La Yumba, el casi cierre.

También hubo tiempo para creaciones modernas, dos de ellas del propio Ezequiel: el tango Barquito de Papel y una milonga/candombe cuyo nombre no entendí. Ambos, destacables y excelentemente interpretados. Las cuerdas fueron parte esencial de toda la presentación, afinadas, entrando a tiempo perfecto; los bandoneones igual; destacando a Ezequiel, que, si tuviera el jopo del fueyero de su izquierda sacudiéndolo, evocaría al Tano Ruggiero en la mejor época de Pugliese.

El piano mantuvo una afinación impecable y una tarea no sólo rítmica sino de conducción melódica cuando el tema lo pedía.

El bajo se lució especialmente en “Melancólico Buenos Aires”, de Piazzola, donde me recordó al mejor Quicho Díaz. Pero siempre fue el soporte rítmico impecable, que se necesita de él.

Párrafo aparte para el cantante: simpático, entrador, de impecable dicción y plenamente integrado a la orquesta, Nelson Ibarra se lució (para quien escribe) especialmente en Desencuentro, Pasional y Barquito de papel.

Ezequiel Villanueva es demasiado músico para nuestra ciudad: su destino está en Buenos Aires; no sólo comunica sus sentimientos con el bandoneón sino con su gestualidad; con una digitación notable, y un sentido armónico de la orquesta impecable.

Oriyera tiene (se ve) notoria influencia de Rodolfo Mederos, el gran bandoneonista que formara La Academia Tango Club, la escuela donde empezó Oriyera. Y es lógico. Tratándose de un grupo de músicos muy jóvenes, cabe esperar de ellos mucho más. Ojalá se concrete.
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