Julio Majul

Horacio Domingorena, en primera persona

Recuerdo imborrable el de primera vez que vi y escuché a Horacio Domingorena. Era la campaña presidencial de Arturo Frondizi, y un gurí de 9 años fue al acto en San José y Rivadavia, fundamentalmente por el candidato presidencial, que no estuvo. De todos modos, pude escuchar un orador brillante, no apasionado sino reflexivo y profundo; era Horacio, claro.

Luego estuvo muchas veces en mi casa, porque era muy amigo de mi papá, con quien cumplían años el mismo 28 de febrero, papá un año exacto mayor que Horacio.

Domingorena de los años del gobierno de Frondizi era un brillante diputado nacional, autor de la ley que permitió la enseñanza privada en el país. Recuerdo haber oído que Horacio había sido un enfático defensor de la enseñanza laica y pública, así que le pregunté al respecto; explicó que era cierta su devoción por la enseñanza laica y pública, pero que uno no podía imponer a todo el pueblo su propia concepción; que quien quisiera ir a una escuela privada, que respetara los lineamientos de la pública, tenía derecho a hacerlo.

Un concepto supremo de tolerancia, que me marcó para siempre.

Él, con Morocho (José María) Bértora, fueron autores del proyecto de construcción del puente Brazo Largo/Zárate; proyecto que tuvo que esperar hasta que Aldo Ferrer asumió como ministro de un gobierno militar para poder concretarse; gracias a Ferrer, a la insistencia de Domingorena, y a la tozudez de Andrés Rivas, que encabezaba el movimiento popular gualeguaychuense por el puente de entonces.

Pero el Horacio que conocí fue mucho más íntimo: fue el que le conseguía trabajo a amigos por los que pedía, para que pudieran estudiar; el que me recibió durante años los domingos, cuando no daban de comer en la pensión, para hacerme probar las exquisiteces que preparaba Chola, su leal compañera hasta el final.

Creo que eran más las veces que disentíamos que las que coincidimos en los análisis políticos, pero jamás lo escuché alzar la voz ni molestarse por mis opiniones. Exponía sus razones, escuchaba al otro y terminó el problema. Un verdadero señor: brillante diputado, varias veces elegido mejor legislador del año, admirado por periodistas de fuste, Horacio no tenía problemas en oír a un veinteañero (o menor aún) que le discutía, escuchar y respetar sus opiniones; opiniones de alguien que las tenía de leer diarios y revistas, cuando él las mamaba, conocía íntimamente a los personajes de quienes uno leía sus expresiones. Nunca un gesto de soberbia, nunca la altanería del superior; siempre la humildad de quien respetaba al otro.

La última vez que coincidimos (además de los llamados telefónicos y las cartitas) fue en Colón, en el homenaje a Silvio Pioli, creo que en el décimo aniversario de su fallecimiento. Entre los tres o cuatro invitados para hablar estábamos él y yo. Él como amigo de toda la vida y uno como amigo de los últimos años del gringo Pioli, dirigente político y social con quien cultivamos un mutuo afecto. Recuerdo que empecé a recordar anécdotas en mi discursito, y no pude continuar por el llanto que me atacó desde el alma. Horacio salió en mi auxilio, y dio una notable reseña de lo sustancial de la vida del homenajeado, como si no hubiera pasado nada.

La generosidad de Horacio con los problemas de Gualeguaychú no se agotaban en la labor legislativa o de gestor, cuando las empresas Azul y General Urquiza amenazaban con dejar el camino Gualeguaychú/Buenos Aires (las dos únicas empresas que nos conectaban entonces) Horacio encabezó una tarea de negociación con los dueños, que arrojó como saldo que un grupo de gente de la ciudad pusieran dinero, compraran las empresas y pudiéramos seguir conectados con el resto del país. Además de gestionar, Horacio puso mucho dinero, y nunca nadie lo supo.

Así también, cuando un grupo de gente decidió armar una empresa para dar trabajo en Urdinarrain (así nació La Avícola Gualeguaychú) el principal accionista fue Horacio, que creo nunca se metió en los temas propios de esa extraña empresa, que nunca repartió un peso entre sus propietarios y cuyo objetivo era (ya fue dicho) dar trabajo a gente de Urdinarrain.

Falta decir que Horacio era nacido en Urdinarrain, pero desde gurí vivió en Gualeguaychú. Nunca olvidó sus raíces.
Fue un brillante legislador nacional, el mejor orador político que he oído, un hombre generoso y transparente. Pero, sobre todo, fue una gran persona. Y eso es lo más importante.

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