Gualeguaychú vive otra jornada cargada de dolor, tristeza e impotencia. El escenario fue el barrio Molinari. Su nombre, recordando a una antigua familia que vivía en la zona donde hoy se emplaza ese complejo de viviendas, nos remonta a un solar donde abundaban los azahares de los citrus y los cautivantes aromas de ciruelos y durazneros.

Esas sensaciones son solo recuerdos, vivencias de otros tiempos, donde la vida transcurría tranquila y con menos angustias. Hoy, el ambiente huele a revuelto putrefacto, a sangre coagulada sobre la tierra.

Un pibe de barrio rifa su vida a los 24 años, tras doce años de vivir el calvario de la adicción incontrolable.

Poco tiempo atrás, en el Barrio 348, otro pibe, también esclavo de las drogas, rifaba su libertad por arrebatarle la vida a Lucas Bentancour, otro joven de barrio que fue víctima de la siniestra máquina que destruye los cerebros, aún cuando él estaba lejos de ese infierno.

En todos los casos, el denominador común es esta desgracia que aplasta y degrada a la humanidad toda, este mecanismo de sometimiento y esclavitud mortal al que todos estamos sometidos. Unos por consumir, otros por estar expuestos al acecho permanente de quienes deambulan por las calles como zombies en busca de un paraíso del terror.

Ahora llegan los análisis, las opiniones, los desbordes verbales, las condolencias. Ya es tarde para todo. Ahora tenemos más problemas. Al dolor de una familia por perder a su hijo en circunstancias tan desgraciadas, se suma la incertidumbre por el futuro que deberá afrontar el policía que dio muerte a Iván Perez.

Sobre el actuar de los funcionarios policiales aún no se puede opinar. Hay que esperar los resultados de la correspondiente investigación que realizará Gendarmería. Tal vez haya sido un caso de gatillo fácil. Tal vez no. Lo cierto es que ya nada puede volver atrás. Lo hecho, hecho está y ahora será la justicia quien deba dar su veredicto.
Siempre somos furgón de cola
Tal como están las cosas en Argentina y en Gualeguaychú en particular, esto es sólo el comienzo. Lamentablemente estamos entrando en una peligrosa zona de resignación social que nos aventura por caminos oscuros y sinuosos.

La mamá de Iván Perez, hace diez meses acudía a un medio de comunicación pidiendo que la ayudaran a salvar a su hijo preso de las adicciones. Allí expresaba que ya no sabía qué hacer, que Iván había robado a su propia familia para poder comprar drogas, que había acudido a la justicia para que le brindaran alguna solución, pero la respuesta había sido negativa. Le habían dicho que “nada se podía hacer”.

Esa madre ya predecía en aquél momento que su hijo iba a terminar muerto. Esa madre era consciente de lo que podía pasar y por eso pedía ayuda desesperadamente. Nadie la escuchó. Es la madre de una “lacra”.

Hoy, a través de las redes sociales, aparece el comentario fácil de muchos. “Es una lacra”, “Uno menos”, “Si es un delincuente, hay que matarlo”, y otros exabruptos por el estilo, sin tener el más mínimo respeto por una familia que está sufriendo. Igualmente hay comentarios para el policía que le dio muerte al joven aprobando lo hecho “Muy bien”, “Lastima que ahora lo van a condenar”, “Hizo su trabajo”. Expresiones también desubicadas, porque también hay que ponerse en el lugar de alguien que dio muerte a otro ser humano.

Si es una persona con buenos sentimientos no debe vivir esta situación como un triunfo. Conozco a muchos policías que luego de un episodio así, han arruinado su vida para siempre. Por eso, es importante que todos seamos cautos a la hora de opinar y nos pongamos en el lugar del otro. Es una buena manera de fomentar la buena vecindad. En definitiva, todos los protagonistas son nuestros vecinos y viven a pocas cuadras de nuestro hogar.

Esto nos muestra, como tantas otras veces, que nos quedamos en el comentario fácil. Somos como un perro rengo corriendo una liebre. La gran pregunta es por qué no pudimos ayudar a esa madre pidiendo auxilio. Por qué no hubo un juez, un fiscal, una asistente social, que le abriera una puerta para que pudiera acceder a algún tratamiento para su hijo. Es real que no hay muchos espacios para el tratamiento de estas problemáticas para quienes no tienen recursos económicos. De igual modo, existen algunos espacios a nivel local y provincial. Tal vez, sólo había que levantar un teléfono y realizar algún tipo de coordinación para que se iniciara un tratamiento. Pero a nadie se nos encendió la lamparita.

El responsable del área de derechos humanos de la municipalidad, Matías Ayastuy, dijo que “todo indica que estamos frente a un caso de gatillo fácil”, para luego solidarizarse con la familia en el pedido y reclamo de justicia.

Es tarde Matías Ayastuy. Y lo digo con todo el respeto que me merece tu historia personal. La solidaridad debe estar antes. Los derechos humanos abarcan mucho más que las nefastas consecuencias de la dictadura. Hoy hay que atender con premura a todos estos jóvenes que están atrapados por este flagelo, que está dejando consecuencias mucho más graves que la dictadura misma. Según la Sedronar, en 2017, casi 200 mil personas solicitaron ayuda en los distintos centros de rehabilitación. A ello, sumémosle los que no acuden a esos lugares y deambulan por las calles rumbo a un destino incierto.

Por el lado de la justicia, ahora se abrirá una investigación para determinar si los policías son culpables. Si es así, tal vez sean condenados. La población hará marchas por las calles. Las fotos de Iván Perez estarán en las paredes. Habrá opiniones encontradas, discusiones, debates periodísticos. Dentro de un tiempo, otro caso similar o parecido ocupará la atención y volveremos otra vez a las condolencias y las discusiones.

En tanto, la justicia mira para otro lado. La madre de Iván Perez pidió ayuda y no la obtuvo. Eso significa que las instituciones fallan y no reaccionan en tiempo y forma.

Las familias con buenos recursos económicos tienen acceso a centros de atención para sus hijos, tienen contactos y pueden avizorar soluciones, aunque también les resulta difícil.

Las familias sin recursos no tienen la posibilidad de acceder a una solución. Allí es donde las instituciones del Estado deben funcionar. Gobierno del orden nacional, provincial y municipal; órganos de justicia, legisladores y fuerzas de seguridad.

Sin embargo, siempre llegamos tarde.
Lobo ¿dónde está?
Pareciera que todo se divide en una víctima (Iván Perez) y un victimario (Policía). Cabe preguntarse quién o quiénes son los verdaderos victimarios en estas historias de muerte.

Se hacen marchas para pedir justicia, pero nunca se hacen marchas para pedir que se investigue quiénes son los popes del narcotráfico en Gualeguaychú. No debemos ser tan ingenuos y pensar que el problema de las drogas se reduce a los muchachos que calzan “altas yantas” y venden dosis en cualquier esquina de la ciudad.

Alguien provee, alguien distribuye, alguien es mayorista. Pareciera que esos personajes no existen. Como ocurre en todas partes, esa pata del negocio existe y es el escalón principal hacia otros que más arriba distribuyen en rangos más extendidos geográficamente.

Se han denunciado los lugares de venta y los personajes que lideran las ventas. Algunos han caído presos, otros han sido excarcelados, pero sólo son “perejiles”. Nunca ha caído en Gualeguaychú algún distribuidor de gran escala, un proveedor. Será acaso que son intocables? Quién los protege? Reparten ganancias con alguien del poder? Están protegidos por alguien? Todos interrogantes que bien debieran hacerse los responsables de la seguridad y la justicia como para empezar a atacar el problema de raíz.

Hay países donde ya todas las reglas y normas de la sociedad pasan por el narcotráfico. Los gobiernos están bajo sus órdenes y actúan de acuerdo a los designios de los narcos. Existen carteles que financian al propio Estado. ¿Se puede llamar a eso de algún otro modo que no sea sometimiento?

Si recorremos nuestra historia desde los albores de 1810, es mucha la sangre derramada para conquistar la libertad. En honor a nuestros próceres, a todos los caídos en las luchas por un país libre, es necesario accionar en serio. No son momentos para el comentario fácil y degradante. Son momentos para tomar conciencia que en esto nos jugamos el futuro de muchas generaciones. Que no nos distraigan con la antinomia superficial. Que no nos vendan discursos prometedores. El narcotráfico es sinónimo de muerte. Es un enemigo difícil y peligroso, amparado en los corruptos que se enquistan en el poder.

Es tarde para Iván Perez, para Lucas Bentancour y tantos otros. No es tarde para los que aún se les puede brindar alguna oportunidad. La solución no está en la muerte, está en el compromiso de cada uno de nosotros, pero sobre todo de quienes tienen la posibilidad de gestionar desde los espacios de poder.

No nos disgreguemos en discusiones políticas estériles que sólo generan divisiones. Concentrémonos en defender la vida de nuestros hijos y nietos.
Opinion
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