Eugenio Jacquemain

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Si decís Carnaval, decís Gualeguaychú

Las viejas palmeras de calle Rocamora nos guían hasta nuestro destino, casi al llegar, somos sorprendidos por un colorido paisaje de plumas, lentejuelas y brillantina. Infinidad de´pequeños puestos que se distribuyen dentro y fuera del magno escenario, ofrecen productos milagrosos que al comenzar a usarlos, nos transportan mágicamente al centro del escenario, tocados, antifaces o luces de colores, son los que nos hacen sentir protagonistas del espectáculo a cielo abierto más imponente del país.

Estamos en la ciudad de Gualeguaychú, un lugar en el que todo el año se respira carnaval. Ni bien cierran en marzo los desfiles anuales, los talleres de las comparsas cobran vida. El carnaval es una genuina fuente de trabajo, artistas carroceros costureros, diseñadores y directores, nutren cada polo creativo en las diferentes comparsas.

“Durante el año preparo tocados o espaldares pequeños que luego vendo en la época de carnaval, es una importante ayuda para la casa” nos cuenta María, una de las vendedoras que nutre de brillo y color el frente del corsódromo. Ella es dueña de uno de las decenas de puestos que venden magia carnavalera, tanto turistas como lugareños, eligen entre plumas de aves tropicales o pavos reales para que los acompañen mientras dure el espectáculo, para luego seguirlos en el retorno a sus hogares, y allí mostrados orgullosamente como prueba de su presencia en el Carnaval del País.

Ya en el ingreso al predio nos sorprende la organización del mismo, nuestras entradas o fotos de los códigos en los celulares, son scaneados para permitirnos el acceso, haciéndolo rápido y seguro. Ni bien entramos al corsódromo nos invaden los aromas de la oferta gastronómica, cantinas estratégicamente ubicadas nos ofrecen infinidad de productos para deleite de nuestros paladares, allí decidimos demorarnos un rato, a los sabrosos sándwiches de bondiola, los acompañaron bebidas de primera marca y a un precio accesible, estábamos frente a un espectáculo diferente y con un servicio diferente. Si bien algunos de nosotros anhelábamos continuar la degustación e ingesta, estábamos a minutos del comienzo del espectáculo y debíamos ocupar nuestras ubicaciones.

Al momento de elegir el lugar de donde apreciar el espectáculo, las posibilidades fuero muchas y los consejos aún más. “La primera fila, ahí cerquita del desfile” nos decía un amigo, mientras el otro replicaba “vayan a tribunas que de ahí se aprecian en su magnitud las carrozas gigantes que caracterizan este carnaval”. Decidimos hacer un promedio y elegimos el VIP en una fila intermedia, ni muy arriba ni muy abajo, lo justo.

Lugares cómodos, sectorizados, tanto así que luego nos permitirían bailar al compás de los excelentes músicos y las bellas canciones de las comparsas.

Segundos después de ubicarnos en los lugares, la inigualable voz de Silvio Solari, el eterno locutor del carnaval, anunciaba el comienzo del desfile con la clásica bienvenida. La música de Ara Yeví, la última bicampeona que representa al Club Tiro Federal, escapaba de los normes parlantes que nutren la pasarela. Innumerables bestias multicolores y brillantes inundaron el circuito acompañadas por los acordes de la orquesta. Su carroza de apertura impactó fuerte en nuestras retinas, inmensa, colorida, majestuosa. Las carrozas el Carnaval del País son verdaderas obras de ingeniería, diseñadas por artistas, muchos de los cuales participaron o se nutrieron como coordinadores en la Fiesta Nacional de Carrozas Estudiantiles que se desarrolla en el mes de octubre en la ciudad. Una rara simbiosis de lo espeluznante y la belleza multicolor es lo que nos acerca esta comparsa, especies de animales multiformes y brillantes invaden la pasarela del corsódromo, casi obligándonos a dejar los cómodos sillones a un costado y comenzar a bailar en el lugar. Esta empatía inmediata que la música del carnaval de Gualeguaychú logra, podría ser envidiada por muchos artistas, aún los más queridos por su público. Un poco avergonzados miramos alrededor nuestro, pero el contagio había sido masivo, los “bichos Arayevicences” nos habían inoculado el virus de la alegría carnavalera. No era solo nuestro sector, ya el predio entero latía con los compases musicales que producían las alas y aguijones de los personajes que desfilaban frente a nosotros.

“Esto es maravilloso” nos grita al oído Pedro, un montevideano que visitaba por primera vez no solo el carnaval sino la ciudad, agregando “Nos enteramos por una visita que hicieron del carnaval a Montevideo, creo que en el marco de un convenio de integración con el litoral uruguayo, nos gustó la idea, sacamos números y la verdad, aún con el espectáculo recién comenzando, esto vale la pena, vale cada peso que gastamos, incluso los botijas mirá como se divierten, es para toda la familia, espectáculos como este no hay muchos” nos decía mientras se tomaba de la mano con su señora y los chicos para bailar en el VIP vecino.

Sin darnos cuenta el tiempo volaba, el reloj que marca el tiempo de cada comparsa se acercaba a la hora de desfile, si bien estamos a una prudencial altura como nos habían recomendado, cada vez que veíamos una carroza nos sorprendíamos nuevamente, mientras elevábamos nuestra mirada al infinito buscando el límite superior de las mismas, no dejábamos de imaginar como las construían, como cada obra de arte arquitectónico era llevada a cabo con el fin de deleitarnos en carnaval.

Tuvimos unos minutos antes que comenzara la segunda comparsa, armamos un verdadero concierto de opinólogos entre los vecinos de mesa. “Eso es base de hierro y perfiles” afirmaba uno, “Eso es madera, fijate el movimiento rígido cuando vibra” agregaba otro. Creo que Jorge, a mi lado, se sintió un verdadero científico cuando les aclaró que muchas de las grandes estructuras, estaban realizadas en “poliestireno expandido” o sea telgopor, talladas por colaboradores de las comparsas. Inmediatamente, ávidos de saber, reclamaron otros datos en cuanto a integrantes, plumas y demás, lo que habían visto minutos antes, de una sola comparsa, los había dejado absortos y querían saberlo todo.

El interrogatorio no duró mucho, la voz de Juan Boari anunciaba a La Aplanadora del Carnaval, era el turno de Marí Marí, las palabras del animador, fiel a su estilo, acompañado de una música cautivante y pegadiza, nos hizo volver a la realidad carnavalera. Costaba mantenernos quietos en los lugares, la música nos transportaba nuevamente a otro universo, el de la diversión y la alegría. Miramos a los costados, hacia las enormes tribunas de cemento e imaginamos que vibraban a la par de nuestros corazones y de las palmas de miles de espectadores, monstruos de acero y material, que albergan a jóvenes y adultos que festejan y golpean sus palmas al unísono, las imaginamos dormidas durante el año, cual gigantes que cobran vida en época de carnaval, allí, en el momento donde suceden todos los milagros.

Marí Marí nos plantea una recorrida por su historia, donde princesas cautivas en Etiopía se liberan para desfilar acompañadas de gallos danzarines y espectros nocturnos, mientras tanto, el bien y el mal luchan por dominar el mundo. Vuelven a impactarnos las carrozas. Apenas iniciado el paso de la comparsa, nos deja boquiabiertos una que homenajea a un recordado director de la misma, su rostro, perfectamente tallado, está rodeado por figuras masculinas y femeninas que mientras bailan simulan atacarnos con rayos lasers desde su vestimenta futurista. Al instante volvimos a tomar el ritmo de carnaval, nos era imposible quedarnos quietos en las sillas viendo, nos sentíamos en la pasarela, desfilando frente al multitudinario público del corsódromo. Cada comparsa tiene dos canciones de letra inédita, la representante del Club Central Entrerriano relataba su historia en forma de melodía, al desfilar frente a nosotros. Era la segunda en desfilar por la pasarela y lo que habíamos visto anteriormente se ratificaba, el espectáculo es maravilloso y logra mimetizar la admiración por trajes y carrozas, con la música y diversión que parece correr por las venas de nosotros, espectadores de una maravilla.

El desfile no había tenido interrupciones, tan solo pocos minutos entre una comparsa y otra. Apenas culminaba Marí Marí, ya veíamos a lo lejos pronta la tercera, Kamar, la representante del Club Sirio Libanés, Kamar. Sabíamos de antemano su temática, Pandemia nos habían contado. Antes de verla charlamos muchio sobre como algo así podía representarse en el carnaval, que relación podrían encontrar con la diversión que las otras dos nos habían mostrado. Las dudas se fueron ni bien la apreciamos de cerca, su música nos volvía a convocar como las anteriores, alguien acotó cerca “Este año están tremendas las tres y la música ni hablar, no sabes con cual quedarte” y no nos quedó más que asentir con un movimiento de cabeza, en segundos habíamos regresado a la magia carnavalera hecha compases de variados instrumentos y uno de nosotros se preguntó y con razón “¿para qué ponen sillas si no las hemos usado?”, nos miramos y reímos en conjunto, aún no nos explicamos de donde sacábamos fuerzas después de tanto baile para continuar con la tercera. Y allí fue donde nos enfermamos, donde sentimos nuestros cuerpos con temperatura, la pandemia nos había llegado, nos habíamos contagiado de la fiebre carnavalera. Monstruosos zombies, moviéndose al compás de la música, invadían la pista frente nuestro. Enormes máscaras antigases parecían nacer en las espaldas de jóvenes bailarines, una nueva y majestuosa carroza desplegaba y replegaba su enorme figura a lo largo del circuito mientras un par de gondoleros trataban de dirigir su embarcación por un rio imaginario. Pensamos que no había solución para la fiebre que nos embargaba, hasta que vimos aparecer delante, sobre la pasarela, portadas por un teórico grupo de salvadores, gigantescas jeringas rodeadas de plumas que parecían traer la cura.

El espectáculo estaba llegando a su fin pese a nuestra resistencia para que ello ocurriera, no queríamos abandonar nuestros lugares, nos habían dado demasiado desde el circuito, y como insaciables consumidores de alegría y diversión que somos, exigíamos seguir viendo el espectáculo. No nos dimos cuenta del paso del tiempo, llegamos terminando la tardecita y la madrugada estaba con nosotros desde hace rato. Empezamos a sacar cuentas cuanto faltaba para la próxima noche, queríamos volver, bien dicen que al Carnaval del País siempre se regresa, que como esas pequeñas cascadas mágicas que aseguran la vuelta al lugar bebiendo el líquido elemento que corre por ellas, el solo disfrutar el paso de las comparsas danzando a la par, asegura que reviviremos en algún momento este espectáculo.

Nuestro país es un productor natural de fiestas populares, de ellas sobresale claramente la majestuosidad del Carnaval de Gualeguaychú, el mayor espectáculo a cielo abierto de la Argentina. Acabábamos de presenciar una de sus esplendorosas noches. Cantamos, bailamos, nos sorprendimos, muchas veces quedamos absortos ante el espectáculo, pero al mismo tiempo quedamos con ganas de más y más carnaval de Gualeguaychú. El Carnaval del País nuevamente había cumplido con su público y con creces. Su creatividad, pasión y alegría se mostró una vez más en la pasarela, donde nos convenció que si hablamos de carnaval en Argentina, hablamos de Gualeguaychú.

(*) Eugenio Jacquemain es docente y estudiante TPD - Extensión Gchú.

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