Una escuela de María Grande conserva el nombre que la dictadura le impuso en homenaje a Juan Carlos Leonetti, el militar de inteligencia que encabezó el operativo en el que fueron asesinados Mario Roberto Santucho y Benito Urteaga, los líderes del ERP.


La dictadura todavía tiene su legado. Las ciudades, como espacio donde confluyen lo múltiple y lo heterogéneo, muestran en sus calles algunas marcas visibles de su historia reciente. A través de la monumentalización de su pasado los pueblos exhiben marcas de sus historias individuales, proyectos colectivos, tragedias privadas y miserias públicas.

Extraño caso el de María Grande, una localidad ubicada ochenta kilómetros al norte de Paraná. Ahí está la Escuela Número 180, un establecimiento primario, que funciona de mañana y de tarde y recibe alrededor de trescientos alumnos.

Abrió sus puertas el 1° de marzo de 1935 con el nombre de Amelia Rochi, en honor a la primera directora. En los primeros años funcionaba en un antiguo almacén y casa habitación, en la esquina de Avenida Artigas y Carlos Gardel; tenía tres aulas, la dirección y una pequeña cocina donde se preparaba mate cocido con leche para los alumnos; tenía, además, una cancha de paletilla con pisos de baldosas rojas; y un gran patio de tierra a la sombra de añosos paraísos.

La escuela inauguró su edificio propio en 1982, pero unos años antes, el 22 de noviembre de 1979, había recibido el padrinazgo de del Escuadrón de Ingenieros Blindado II y se colocó la placa con el nombre de “Mayor Juan Carlos Leonetti”, como un homenaje al militar que encabezó el operativo en el que fueron asesinados Mario Roberto Santucho y Benito Urteaga, los líderes del PRT-ERP.

Leonetti, que ni siquiera era entrerriano, se había incorporado al Batallón de Inteligencia 601 con la sola y exclusiva misión de dar caza a Mario Roberto Santucho; “comandaba un equipo operativo que –en el mayor de los secretos– se encontraba trabajando con exclusividad en una misión crucial: capturar vivo o muerto al líder del ERP”, como lo reveló el periodista Ricardo Ragendorfer, antor del libro Los doblados, sobre las infiltraciones de los organismos de inteligencia de la dictadura en la guerrilla.

El 19 de julio de 1976, alrededor de la una y media de la tarde, cuatro hombres armados irrumpieron en un departamento del cuarto piso en el edificio de calle Venezuela 3149, en Villa Martelli. Allí vivían dos hombres, dos mujeres –una de ellas embarazada de seis meses– y un niño de dos años. Lo que siguió fue un tiroteo breve, segundos, tal vez minutos, hasta que se produjo un silencio. En el piso quedaron tres hombres tendidos: uno es el capitán Leonetti, jefe de los atacantes; otro es Benito Urteaga, segundo en la estructura del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y capitán del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP); y el tercero es Mario Roberto Santucho, el hombre más buscado de la Argentina, un símbolo de la resistencia contra la dictadura. Ana María Lanzillotto –pareja de Domingo Menna, otro integrante del Buró Político del PRT– y Liliana Delfino permanecen desaparecidas.

Pero en Entre Ríos la historia parece escribirse al revés.

No se sabe a ciencia cierta cuáles fueron los motivos que se argumentaron para imponerle el nombre de Leonetti a la escuela, aunque es posible presumir las razones que tenían las autoridades militares de la provincia. Lo cierto es que el Consejo General de Educación (CGE) ha negado el acceso a esos registros, incluso ante un pedido de información pública que hiciera el periodista Oscar Londero, editor de AccesoLibre.org, en 2007.

El oprobioso homenaje se completó en el año 2000 cuando en el ingreso del establecimiento se colocó un cuadro y un busto de Leonetti, realizado por una artista plástica paranaense, en un acto que contó con la presencia del entonces jefe del Ejército, Ricardo Brinzoni, que había sido su compañero de promoción en el Colegio Militar.

En 2007, cuando se profundizó el debate sobre los derechos humanos, desde Agmer María Grande se presentó un proyecto que proponía cambiar el nombre de la escuela y restituir el que tenía antes. El debate motivó el retiro del cuadro, pero ahí permanece el busto con el rostro ligeramente perruno del represor de anteojos espejados.

(Por Juan Cruz Varela, para Página Judicial)

Fuente: Página Política
Entre Ríos

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