Gracia Jaroslavsky, diputada Provincial UCR

Una masa de destrucción y odio

Brasilia, un sueño imaginado y construido siguiendo un ideal.

Un símbolo de unidad de todos los brasileños. La polis que representaría al país "MAIS GRANDE DO MUNDO", declarada Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1987, inaugurada como la capital de Brasil en 1960, poseedora de una arquitectura moderna, blanca, creada por Oscar Niemeyer.

Tiene la forma de un aeroplano y su "fuselaje" es el Eje Monumental, dos avenidas amplias que rodean un parque enorme. En la "cabina" está la Plaza de los Tres Poderes, llamada así por las tres ramas del gobierno que la rodean.

Ese símbolo, tan enraizado en el sueño brasilero, ha sido vandalizado, saqueado durante horas, mostrando al mundo en tiempo real por redes sociales la destrucción de un sueño común que forjó un Brasil deseoso de orden y progreso.

Un país partido en mitades. Una comunidad social y política partida en mitades.

Las elecciones recientes -en dos actos- devolvieron a Lula al gobierno, aunque quizás no al poder.

Nada, nada justifica el vandalismo, la pretensión de subversión del orden constitucional, la rotura de lo más importante que conforma la naturaleza del hombre: su libertad.

Conducir una sociedad profundamente dividida- donde para los oficialistas los otros son fascistas y para los opositores los otros son corruptos- mostró por estas horas la evidencia de que unir el agua con el aceite es imposible.

El mundo atraviesa una transición con final abierto donde las democracias se fagocitan a sí mismas. La violencia, la intolerancia y el fundamentalismo parecen estrechar la conciencia colectiva.

Las masas confluyen en pensamientos únicos -a veces sobrecogedores-. Pueblos sin valores, sin fe, gobiernos débiles, pues es imposible representar un sentir común que parece haberse roto.

La democracia está devaluada, la política está devaluada. El elemento central que la sustenta, LA PALABRA, se manipula sin límite, la carga de odio y mentira crea realidades insospechadas e incontrolables.

Las masas parecen tomar vida propia y juegan sin miedo con la vida -propia y ajena- guiada por consignas y cánticos que surgen de quién sabe dónde, empoderando colectivamente y anulando la conciencia individual.

Así como pueden manifestar alegría, como pasó en Argentina con el recibimiento de los campeones donde todo podía desmadrarse en cualquier momento, así pueden arremeter fanática e irresponsablemente contra un gobierno, destruyendo a su paso su propio patrimonio.

Brasilia es un ejemplo de lo que puede hacer una masa enardecida, criada y alimentada por una alienante división social y política que parece no ser capaz de apreciar un ser nacional y único que debe cobijar cualquier nación racional.

No solo la guerra contra Ucrania asola al hombre en el mundo, hay una guerra entre la razón y la verdad; contra la irracionalidad y la mentira que ha de librarse en este tiempo que vivimos.

La Argentina tiene este año un camino difícil. Debemos ser conscientes, estar atentos y esforzarnos al máximo por sostener la verdad, la libertad y la virtud en paz.

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