Una nota del Diario Popular rescata la figura de este entrerriano que llega todas las mañanas al Hospital Fernández, en plena zona de Palermo, en la Capital Federala para desarrollar sus tareas como médico clínico, además de charlar con doctores más jóvenes que él, y de quienes según dice con singular modestia, “aprendo mucho de ellos”.

El hecho no sería inusual si no fuera porque este hombre , el doctor Luis Schapira, querido por todos los que lo conocen, se jubiló hace 27 años, y pese a que superó la barrera de los 90, siente su profesión como un oasis y una fuente constante de aprendizaje e intercambio humano.

De origen muy humilde, Schapira cuenta: “Nací en un pueblo entrerriano que se llama Las Moscas, en el departamento de Concepción del Uruguay. Era un pueblo sin luz eléctrica ni telefonía, donde las calles eran de tierra, y no tenía hospital ni médico, mientras que la escuela primaria era hasta tercer grado”.

Schapira recuerda: “Nos trasladamos muy cerca, a Villa Domínguez, de donde eran originarios mis padres, y si bien mi papá y mi mamá escribían y leían no habían terminado la escuela primaria, pero tuvieron la inquietud de mandar a mi hermano mayor a que siguiera estudiando y después se mudaron para que yo también lo hiciera”.

“Este era un pueblo con más cultura, tenía una biblioteca pública y una importante actividad literaria, además de ser un centro cooperativista muy intenso” y relata que “cuando yo estaba en quinto grado se creó una cooperativa escolar y me designaron primer presidente fundador, y me encargaba de recolectar el dinero para los gastos”.

Su padre tenía un ‘boliche’ en el que, según Luis, “vendía de todo” y cuenta una anécdota singular: “En esa época había plagas de langostas, entonces se ponían barreras en el pueblo para evitar que invadan y mi padre vendía bolsas de langostas al Estado”.

En los años 40 la familia se mudó a Buenos Aires y el futuro doctor Schapira ingresó al Colegio Nacional Mariano Moreno, de donde egresó como bachiller en 1944. Cuenta que “durante esos años trabajé 4 horas por la tarde en un escritorio, como cadete, ganando 30 pesos moneda nacional, que aportaba para el mantenimiento de nuestro hogar”.

En 1945 el joven Luis da el ingreso a Medicina y se gradúa en 1951. Comenta que “desde el principio concurrí al hospital Alvear, porque ya en primer año tenía que practicar vacunación, que era obligatorio en ese entonces. Ahí, de la mano de una monja aprendí a colocar inyecciones y entonces dejé de trabajar como cadete y ponía inyecciones a domicilio entre los vecinos”.

El jefe de Schapira era el doctor Lucio Sanguinetti, a quien recuerda como “un maestro, honesto y muy trabajador. Fue un ejemplo de conocimiento y responsabilidad. Viéndolo trabajar a él, me apasioné con la medicina, y concurría todos los días, incluso los sábados y domingos, en esos años no había residencias”.

Merced al doctor Sanguinetti tanto Schapira como un amigo y colega comenzaron con él nuevas tareas en el hospital Ramos Mejía. El doctor Schapira asegura tener hermosos recuerdos de los 4 hospitales en que se desempeñó; los casi 20 años en el Ramos, más de 40 en el Fernández, -donde creó la cátedra de Clínica Médica-, algunos en el Alvear y casi 2 años en el Rivadavia, y en todos ocupó distintas jefaturas de área.

Detalla que actualmente no atiende pacientes y cuenta que “voy todos los días desde hace más de 26 años, soy asistente observador en todas las reuniones, pero no atiendo directamente a paciente alguno. Eso no puede hacerlo ningún jubilado, y por eso no lo hago”.

“Ir al hospital me hace sentir bien”
“Se siento orgulloso cuando veo que aquellos jóvenes médicos que empezaban su residencia son hoy brillantes jefes en distintas especialidades, por supuesto es mérito absolutamente de ellos, yo solo estaba a cargo de la división”, cuenta.

El doctor Schapira señala que “nada de esta actividad impidió que formara una familia hermosa, con mi esposa Sarita, y con dos hijos extraordinarios, Moisés y Ariel, médico geriatra uno, e ingeniero industrial el otro, que junto a sus esposas nos dieron cinco hermosos nietos: Andrés, Michelle, Melina, Tomás y Magalí”.

Para Luis, la receta es sencilla: “Lo que cuenta es el trabajo, la voluntad de preocuparse por el otro” y asegura que “después de 27 años como jubilado, sigo yendo al hospital porque me hace sentir bien. La medicina me apasiona, me siento una persona trabajadora, sensible, y muy dichoso de poder ayudar en lo que sé”.

Fuente: Diario Popular.
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